Abner Ballardo

Technology Executive | Institutional Systems Architect | Decision Integrity

Los cimientos permanecen

Volver a mi colegio en Huancayo me recordó que los grandes maestros no solo transmiten conocimiento: ayudan a construir los cimientos de una vida.
Los cimientos permanecen

Esta semana tuve la oportunidad de regresar a Huancayo, mi tierra natal, para reencontrarme con mis compañeros del colegio. Hacía muchos años que no nos reuníamos tantos. Volver a recorrer esos pasillos, entrar nuevamente a las aulas y conversar con quienes compartieron una parte tan importante de mi infancia despertó una mezcla de emociones difícil de describir.

Recordé momentos felices, otros incómodos, algunos divertidos y otros que en su momento parecían enormes problemas. Como suele pasar con el tiempo, todo adquiere otra perspectiva. Hoy esos recuerdos ya no pesan; más bien construyen una historia que agradezco haber vivido.

Cuando somos niños creemos que la vida siempre será así. Nuestra mayor preocupación es cumplir con las tareas, aprobar un examen, jugar con los amigos o hacer lo que nuestros padres nos enseñan. No somos conscientes de que, silenciosamente, se están formando los cimientos sobre los que construiremos el resto de nuestra vida.

Durante el encuentro tuvimos nuevamente una clase con el profesor Washington Mallma, hoy con 92 años.

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Verlo entrar al aula fue emocionante. Pero verlo enseñar fue aún más especial.

Tomó un plumón, dibujó a mano un mapa del mundo y luego un mapa del Perú. Nos hizo preguntas de geografía que muchos ya no recordábamos y explicó cada respuesta con la misma energía que seguramente tenía décadas atrás.

No vi a un hombre de 92 años.

Vi a un maestro que seguía disfrutando profundamente enseñar.

Esa pasión por enseñar fue probablemente la lección más importante de toda la reunión.

Mientras lo escuchaba, pensé en todo lo que recibimos durante nuestra etapa escolar. Muchas veces recordamos los cursos, las notas o los exámenes. Sin embargo, con el tiempo uno descubre que lo verdaderamente valioso fueron los principios que se sembraron durante esos años.

Crecí junto a mi madre, quien siempre me enseñó que las cosas debían hacerse bien, incluso cuando hacerlo era más difícil. Ese mensaje encontró continuidad en el colegio. Los principios, los valores y las historias que escuchábamos diariamente fueron moldeando una manera de entender la vida.

Hoy ya no comparto las mismas creencias religiosas que tenía entonces. Sin embargo, sigo profundamente agradecido por esos valores que aprendí. La honestidad, el respeto, la responsabilidad, el esfuerzo y el compromiso trascienden cualquier religión. Son principios humanos que siguen guiando muchas de mis decisiones.

Por supuesto, ni yo fui un alumno perfecto ni el colegio fue una institución perfecta. Todos cometimos errores. Pero los cimientos permanecieron.

Con el tiempo entendí que una buena educación no se mide por lo que uno recuerda de memoria, sino por las decisiones que toma décadas después.

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Esa misma idea también aplica al conocimiento.

En cualquier disciplina, los fundamentos son lo que realmente permanece. Las herramientas cambian. Las metodologías evolucionan. La tecnología avanza a una velocidad impresionante. Pero quienes comprenden profundamente los fundamentos siempre encuentran una forma de adaptarse.

Quizá por eso siempre he disfrutado enseñar.

He tenido la oportunidad de acompañar a muchos profesionales que hoy ocupan posiciones importantes. También he dictado cursos en universidades y programas de especialización. Una de las mayores satisfacciones que me deja mi carrera es ver crecer a quienes, en algún momento, compartieron conmigo un aula.

Nunca he sentido que enseñar sea transmitir respuestas.

Siempre he creído que enseñar consiste en ayudar a construir buenos cimientos.

Hoy vivimos una época extraordinaria. La inteligencia artificial generativa está transformando la forma en que aprendemos, trabajamos y resolvemos problemas. Es muy probable que las nuevas generaciones ya no estudien de la misma manera que nosotros.

Pero precisamente por eso creo que los fundamentos serán todavía más importantes.

La IA puede responder preguntas, escribir código, resumir libros o incluso ayudarnos a pensar mejor. Lo que no puede reemplazar son los principios, el criterio, la curiosidad, la disciplina y la pasión por aprender. Esas capacidades siguen construyéndose, como antes, gracias a personas que dedican su vida a enseñar.

Al terminar la reunión me llevé mucho más que fotografías y recuerdos.

Me llevé nuevamente la convicción de que una buena educación nunca termina cuando uno deja el colegio. Sus efectos aparecen muchos años después, en la forma en que enfrentamos los problemas, tratamos a las personas, aprendemos cosas nuevas o decidimos compartir nuestro conocimiento con otros.

Hoy solo me queda agradecer.

A mis amigos. Roberto alias "El Toro", Angela, Elizabeth, Luis, Wilmer, Fabiola, Mirella, Carol, Roxana, Martha, Karen, Gaby, Mavel, Lizeth, Paola, Lupe, Djanira, José, Efrain, Frank, Beto, Virginia, Danny, Jorge, y muchos más.

A mi Colegio Andino.

A todos los profesores que formaron parte de mi historia. Luz, María, Luis, Enrique, Pedro, Saúl, Iris, Alfredo, María Eugenia, Jorge, Juana, José, Rodrigo, Rosa María, Alfonso, Julia, Hugo y muchos más.

Y, de manera muy especial, al profesor Washington Mallma.

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Verlo enseñar con la misma pasión después de tantos años fue un recordatorio de que el verdadero legado de un maestro no está en las clases que dicta, sino en las vidas que ayuda a construir.

Y, mientras regresaba a Lima, pensé que quizás ese sea también el tipo de legado que me gustaría dejar algún día.

Si algún día alguien recuerda algo de mí, espero que no sea por los cargos que ocupé ni por los proyectos en los que participé. Espero que sea porque, así como mis maestros lo hicieron conmigo, pude ayudar a construir los cimientos sobre los que alguien más decidió construir su propia vida.

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